Pitonisos de Davos

Se han lucido los gurús económicos que han realizado sus funestas predicciones en el santuario económico elitista de Davos los últimos años. Ni Grecia ha suspendido pagos, (Rubini dixit), ni ha desparecido el euro. Tampoco los buenos presagios resultaron ciertos, como aquel sobre la capacidad ilimitada del precio del oro para seguir subiendo y subiendo, como mantuvo en ese foro John Paulson, cuyo fondo principal, el Advantage Plus, perdió casi la mitad de su valor durante el 2011, después de haber comprado 100 toneladas de oro en 2009 y no haberlas vendido a tiempo. En el sobrio palacio de Congresos de la ciudad balneario de Davos, inspiradora de “La Montaña Mágica” de Thomas Mann, se ha predicho en varias ocasiones la ruptura de la Unión Económica y Monetaria, que no hace más que afianzarse con nuevos acuerdos de integración. Si la mujer de Thomas Mann acudió al Sanatorio Wald de Davos para curarse de una tuberculosis que resultó psicosomática, la crisis económica, financiera y de la deuda, sobre la que tanta teoría han derrochado inútilmente los economistas, también ha demostrado consistir fundamentalmente en una crisis de confianza.
De modo que en el foro de Davos, en lugar de proliferar las respuestas a los dilemas económicos, lo que vemos es un aumento ilimitado del calibre de las preguntas. ¿Tiene futuro el Capitalismo?. ¿Es apto para el siglo XXI?. Estas son algunas de las cuestiones que van cuajando mientras llegan las 2.600 personas más ricas y poderosas del mundo y los modestos quitanieves se apresuran a abrir pasillos que permitan el acceso al centro. “¿Sigue siendo el modelo occidental un paradigma?”, se pregunta John Griffiths-Jones, director del gigante de la contabilidad KPMG en el Reino Unido y Europa, que aterriza buscando pistas sobre un nuevo concepto de capitalismo responsable que no es capaz de concretar. El fundador e impulsor del foro, el profesor Klaus Schwab, es aún más contundente. “El capitalismo en su forma actual ya no encaja en el mundo que nos rodea”, dice, al tiempo que descubre lo que todos sabíamos desde hace ya tiempo, que “este siglo XXI comienza caracterizado por una pérdida de confianza de la población en sus élites políticas y económicas”, hecho que terminará con el cierre de muchos chiringuitos de poder, tal y como los conocemos.
En medio de esta era de cambios, uno de los pocos personajes que parece saber a dónde va es Angela Merkel, que hoy abrirá Davos con una intervención en la que tratará de contagiar al foro de esa serenidad suya, mucho más oriental que alemana, basada en que, si seguimos en el carril de la austeridad y dedicamos fondos estructurales a fomentar el empleo juvenil y el I+D, como debió haberse hecho desde un principio, dentro de un año por estas fechas estaremos viendo la luz al final del túnel.
Teniendo en cuenta que no hace falta una bola de cristal para adivinar el discurso de Merkel y ante las dificultades logísticas que entrañan los hielos de Davos, yo he preferido este año organizar un pequeño Davos alternativo en el chill aut de mi casa y he invitado a cenar a una economista griega, un banquero alemán y un diplomático británico. La primera sorpresa que me deparó este experimento de laboratorio casero fue ver a mi convencida liberal amiga griega llorando el rosario de ajustes que sufren sus compatriotas, que se resumen en una disminución considerable de los ingresos, un aumento despiadado de los impuestos y la eliminación de numerosas prestaciones sociales, para concluir que la perspectiva de futuro es cero, a pesar de todos los recortes, y que solo la restructuración total de la deuda, es decir, su condonación, permitiría una especie de … volver a empezar. Todo esto con la primera copa de Rivera Duero todavía llena.
Mi entrañable y correcto amigo alemán intentó limitarse a lamentar que la situación esté siendo tan dura en Grecia, pero puedo ser muy convincente con un cuchillo jamonero en la mano y conseguí que su franqueza fuera en aumento hasta confesar que la condonación de la deuda es una “fantasía” y que los griegos cosechan ahora lo que han estado sembrando durante décadas. Mi pataleta por el hecho de que en España se paguen ya más impuestos que en Alemania no impresionó a ninguno de ellos porque a todos les preocupa bastante más el lío en que los españoles hemos metido al euro con nuestros créditos faraónicos y nuestra obsesión por el ladrillo. Nuestra corrupción y nuestra desastrosa gestión pública. “España da miedo”, decía el amigo recién llegado de Londres, que iba y venía de la cocina repitiendo lo mucho que se alegra de no estar en el euro.
Como el foro de Davos, todos hemos cumplido los 40 y, como el foro de Davos, asistimos a lo que se otea como un cambio de era económica en el que corremos el peligro de linchar al capitalismo sin haberle encontrado antes sustituto fiable. Pero, a diferencia de Davos, somos optimistas. Quizá porque estamos convencidos de que los años de vacas gordas no son necesariamente peores que los de vacas flacas. Los años de opulencia son los de los especuladores, pero los años de sacrificio son los que encumbran a los actores reales de la economía real y a los emprendedores reales.

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Una respuesta a Pitonisos de Davos

  1. Jose Francisco dijo:

    Vaya, se ha repetido hasta la saciedad, el problema es LA CONFIANZA, y ciertamente no la dan las personas que de una forma u otra ni en ellos mismos existe (politicos).

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