Estado de miedo.

En el Olimpo, el miedo era hijo del amor y de la guerra. Hoy, en Berlín, el miedo nace de nuestro apego a la seguridad que creemos disfrutar y de la amenaza terrorista. Hace ya dos días que el prestigioso semanario Der Spiegel publicó con todo lujo de detalles un plan para tomar el Reichstag, sede del Parlamento alemán, con centenares de rehenes y asesinarlos a todos a sangre fría. El plan, y esto es lo más sorprendente, seguiría en marcha. En estos dos días, Der Spiegel ha recibido duras críticas de la Oficina Federal de Criminalística por haber publicado informaciones “altamente especulativas” y tanto la CIA como los servicios secretos alemanes (BND) filtran su escepticismo sobre el reportaje, cuya fuente es, por lo visto, uno de los miembros del comando de Al-Qaeda que, arrepentido, ha llamado varias veces desde el extranjero a la policía de Berlín, pidiendo quién sabe qué a cambio. Pero no tenemos una confirmación o un desmentido del gobierno. Merkel ha reconocido que “el peligro terrorista es alto” y ha pedido a la población que mantenga la calma. Su ministro de Interior, de Maiziere, ha pedido algo más: “mantengan los ojos muy abiertos e informen sobre cualquier movimiento sospechoso”, lo que ha convertido a este país en un gigantesco cuerpo policial de más de 80 millones de agentes que cultivan su cultura policial.
Los alemanes, aparentemente, han encajado esta terrible predicción con la misma serenidad y resignación con la que escuchan en las noticias que este miércoles caerá la primera nevada del invierno sobre Berlín, a diez grados bajo cero. Pero sienten miedo, y el miedo está jugando las primeras malas pasadas. El senador de Interior de Berlín, Erhart Körting, ha derrapado en peligrosa curva a la derecha instando a la población a observar cuidadosamente a sus conciudadanos árabes. “Si nos damos cuenta de algo raro en la vecindad, si se mudan en la casa de al lado tres personas con apariencia rara, o que solamente hablan árabe o un idioma extranjero, que no podemos entender, entonces debemos informar a las autoridades”, dijo Körting, funcionario del ala derecha del partido socialdemócrata (SPD).
Pilar Jericó, advierte en su libro “NoMiedo”, que “lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo”, y en Berlín estos días es difícil sustraerse a ese temor al enemigo de perfiles difusos cuya únicas señas de identidad parecen ser el ensañamiento contra la gente de a pie, su necesidad por copar pantallas de televisión y su escalofriante capacidad para hacernos daño, a pesar de que sus planes sean publicados de antemano punto por punto. En el tranvía, nos miramos unos a otros con ojos escrutadores. Aceptamos casi gustosamente los controles callejeros aleatorios en los que se nos obliga a identificarnos, mostrar el contenido de nuestro bolso o acompañar a un agente de policía al interior de un vehículo donde nos van a hacer unas preguntas. Soportamos las miradas de sospecha de nuestros vecinos y no solamente los aeropuertos y estaciones permanecen tomados por la policía. También se han militarizado los mercados de Navidad.
Lo que nos hace tan vulnerables es aquella dualidad que Erich From señalaba entre el tener y el ser. En la medida en que tenemos algo, somos susceptibles de perderlo y de ahí nuestro miedo. En Europa, vivimos ya varias generaciones de ciudadanos que damos la seguridad, la democracia y las libertades ciudadanas por hechas, que no imaginamos un mundo sin ellas, a pesar de que hay países lejanos en los que no es así en absoluto, ya lo dicen los periódicos. Ese es un gran tesoro que nos hace, siguiendo a From, terriblemente vulnerables al miedo.

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