Yo me quedo con zu Guttenberg

Esta es una de esas ocasiones en las que muchos se dedican al vulgar y deplorable deporte de hacer leña del árbol caído. Yo en cambio, y no solamente por el placer de remar contracorriente, prefiero romper una lanza por el recién dimitido ministro de Defensa Alemán, Karl Theodor zu Guttenberg. El motivo de la dimisión es que, en su tesis doctoral, aprobada con cum laude por la Universidad de Bayreuth, se sirvió de abundantes textos atribuibles a otros autores sin citarlos. Se va a pesar de seguir contando con el apoyo de Merkel, que hasta el último momento ha estado enviándole mensajes al móvil pidiéndole que congelase la decisión. Se va a pesar de que el 75% de los encuestados por Bild Zeitung afirmaban que debía permanecer en el cargo. Se va, como él mismo ha reconocido “porque no puedo representar tan impecablemente como yo quisiera una oficina a la que ofrecieron su vida, en Afganistán, los tres soldados a cuyo funeral acabamos de asistir”.

Antes de nada, hay que decir que cualquier plagio o falta de pulcritud intelectual en una tesis doctoral es un acto reprobable. Las explicaciones que ha dado el ministro sobre “plagio involuntario” no son excusa, y la dimisión está plenamente justificada, aunque es inevitable preguntarse si un sistema democrático puede permitirse el lujo de prescindir de políticos de alta calidad, como es el caso, por una falta de estas características. Como ministro de Economía, en la anterior legislatura, sembró semillas cuyo crecimiento ha sido clave en eso que ahora denominamos el nuevo milagro alemán. Como ministro de Defensa, ha llevado a cabo una reforma histórica del ejército alemán y ha devuelto a los soldados alemanes la autoestima y el orgullo de participar en misiones internacionales, algo que, por motivos históricos, seguía enterrado en un agujero de complejos y sentido histórico mal entendido.

Pero la honestidad, en Alemania, va de serie en una carrera política y Karl Theodor zu Guttenberg, tras pedir perdón públicamente y renunciar a su título de doctor, ha optado por la dimisión como única opción coherente. Tras reconocer que estaba dando “el paso más doloroso de mi vida”, ha querido precisar al milímetro las causas. “Estos días me he preguntado por qué, en lugar de los tres soldados alemanes fallecidos en Afganistán, a cuyo funeral acabamos de asistir, se hablaba tanto de mi persona y de mi tesis. Pero precisamente porque no puedo representar de forma impecable la oficina a la que esos soldados ofrecieron su vida, decido abandonarla”, ha dicho zu Guttenberg.

El hecho de que un político dimita cuando, por el motivo que sea, no puede ejercer de forma impecable un cargo público, merece ser alabado. Con semejante discurso, lejos de inmolarse a la durísima campaña mediática contra él de las últimas dos semanas, podría estar sentando los cimientos de zu Guttenberg 2.0.  En julio de 2010, cuando el ministro llegaba en bici al café Einstein, en el centro de Berlín, explicaba los motivos de tan desenfadado medio de transporte: “el coche oficial no es siempre necesario y, desde el Reichstag hasta aquí, el camino más rápido es en bicicleta”. En esta primavera adelantada que vive Berlín, el político bávaro está aplicando ese mismo principio y decide prescindir el coche oficial como camino más práctico para darse a sí mismo la oportunidad de seguir haciendo política.

 

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