Mi sentido adiós a Joaquín Ibarz

Resulta extraño que no haya contado él mismo la noticia de su propia muerte. Al fin y al cabo, Joaqín Ibarz tenía el don de la ubicuidad y era incombustible, cubrió durante tres décadas todos los países latinoamericanos y nunca se perdió una noticia, de ahí que este sea el primer scoop que ha dejado contar a otros. Pero, pensándolo bien, es un hecho que Quim, como abreviábamos sus amigos, creó escuela con su manera de entender el periodismo, más como una forma de vida que como una profesión y mucho menos como un trabajo. Por eso tiene sentido que su muerte la contemos los que tato le hemos admirado.
Suscribo el excelente obituario que Jacobo García ha escrito para El Mundo, “América Latina parece un poco más turbia si no la cuenta Joaquín Ibarz. Imagino el nudo en el corazón que debe haber sentido Jacobo al enfrentarse a ese folio en blanco, el trago amargo de despedirse por artículo de un maestro al que la providencia puso en mi camino hace ya mucho tiempo, cuando estaba empezando. Fue Joaquín Ibarz quien me guió con delicadeza en el duro rito de iniciación que supone cubrir in situ y por primera vez un accidente aéreo, en aquel monte cerca de Cali sembrado de los restos desperdigados de las 160 víctimas entre las que yo tenía la misión de encontrar a Vicente Zabala, un encargo que Antonio Herrero me había encomendado con lágrimas en los ojos, poco antes de la Navidad de 1995. Recién llegada a Colombia como corresponsal en ciernes, me pequé como una lapa a aquel periodista de La Vanguardia, siguiendo el instinto que me decía lo mucho que podía aprender de él y porque era el único que parecía saber cómo llegar a la carcasa destrozada del Boeing 757 en un coche alquilado sobre la marcha con el que conseguimos adelantarnos incluso a la Cruz Roja. Me adoptó, todo generosidad, como hacía siempre con los recién llegados y allí mismo me dio la primera lección sobre periodismo, la importancia de saber desenvolverse entre los saqueadores de cadáveres con la misma soltura que entre los políticos. “No son tan diferentes. Unos y otros son seres humanos, como nosotros mismos”, me dijo. Fue sólo la primera de una larga serie de enseñanzas que hoy en día se me presentan como la evidencia de que en este oficio es un lujo poder disfrutar de las cortas distancias con maestros como él. Y si Joaquín Ibarz ha sido siempre una referencia es porque hasta su último suspiro conservó los dos componentes esenciales que transmitía tanto en sus artículos como en sus animadas y eternas charlas sobre periodismo: la experiencia y la pasión.
Algún editor espabilado publicará pronto una recopilación de artículos que podrían comprender desde los grandes procesos de democratización en América Latina hasta las primeras alertas sobre los peligros que suponían los populismos de Hugo Chávez y compañía, pasando por las mejores crónicas sobre el golpe de Estado en Hondruas y los más empáticos reportajes sobre el terremoto de Haití, su último trabajo informativo antes de retirarse a morir en familia.
Vivió en todos esos países a la vez, se movió entre sus paisajes y sus gentes con la total impunidad del gozo. Los botones de hoteles por toda América echarán de menos sus abundantes propinas y se lleva a la tumba el secreto, nunca sabremos cómo conseguía aparecer siempre un par de minutos antes en el escenario de la noticia. Amaba profundamente lo que hacía y nunca se dejó empapar por el envilecimiento, un cáncer contra el que a dura penas lucha el sistema inmunológico del periodismo.

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2 respuestas a Mi sentido adiós a Joaquín Ibarz

  1. leonardo urrutia segura dijo:

    Justo ahora que he concluido una novela basada en hechos reales, donde narro salguna de mis experiencias periodísticas en América central y el Caribe, (en gran parte escrita en Biscarrués, pueblo aragonés relativamente cercano a Zaidín donde nació Joaquín Ibarz) en cuyas páginas, él aparece cuando lo conocí en Cuba en 1986, Joaquin va y se muere.
    La noticia de su fallecimiento me ha sacudido como un calambrazo, una eléctrica sacudida de esas que te dejan para siempre una molesta quemadura.
    Hay muertes que te afectan especialmente, que te fastidian más allá de toda razón objetiva, aunque sean muertes de personas que apenas has tratado. Pero cuando las trataste, algo quedó de ellas, de su carácter, de su forma de ver las cosas, que no se olvida, que no puede olvidarse.
    Yo siempre recordaré su campechanía, su afable trato.
    Por eso, yo tampoco lo olvidaré, no lo olvidaremos nunca.
    Descansa en paz, Joaquín.
    Leonardo Urrutia Segura

  2. Henry Raymont, periodista, Washington, D.C. dijo:

    Pues igual como a Urrutia a mi me deja atonito y profundamente entristezido la noticia de la muerte de Quim al buscarlo en el internet con la intencion de avisarle de mi proximo viaje a Cuba–via Mexico–esperando que, como de costumbre, tomariamos una merienda en La Huerta del Camino Real. En esos encuentros me enteraba en el curso de dos horas de las torpezas y destrezas de los gobiernos y los pueblos de la region–relatadas con ese humor tan peninsular, tan ameno y tan lleno de sabiduria.
    Y todo compartido con esa gran generosidad, fiel reflejo de un gran corazón. Lo echare muy mucho de menos.

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