Europa sin euro

Demasiadas voces hablan estos días a la ligera de la muerte del euro, con el rechinar casposo del “ya te lo dije” y dispuestos a prescindir del mejor, quizá el único, proyecto político y económico que podemos dejar en herencia a nuestros hijos. Pero no es la primera vez que Europa se asoma al abismo y los resultados de esta crisis pueden ser muchos.

Recuerdo con nostalgia el placer de la lectura de la “Historia de la decadencia y caída del Imperio romano” de Edward Gibbon, una fascinante incursión involuntaria en lo que hoy llamamos teorías del multiverso y que puede encontrarse en la Biblioteca de Londres clasificado como “Historia imaginaria”. En un conjunto de ensayos publicados entre 1776 y 1788, Gibbon despliega una detallada y apasionante hipótesis sobre el destino que habría corrido Europa si Carlos Martel no hubiese vencido a los sarracenos en Poitiers, en el año 733. Charles Renouvier, en su obra “Uchronie”, también jugó a visionario del pasado ideando una hipótesis , una ligera variación de los acontecimientos al final del reinado de Marco Aurelio que habría tenido como consecuencia que el cristianismo no se hubiese consolidado en occidente, dando lugar a una Europa completamente distinta. El más famoso de estos divertidos ejercicios de imaginación histórica es la teoría de la nariz de Cleopatra, de Pascal en su origen, quien dedujo que el mundo que conocemos sería muy otro si el susodicho apéndice de la reina egipcia hubiese crecido, qué se yo, torcido, incapaz en cualquier caso de desatar la pasión de Marco Antonio. La Historia de Europa también había trascurrido por otros derroteros.

Pues bien, la encrucijada ante la que se encuentra hoy Europa, el nudo gordiano que parece enredarse más y más con cada subasta de deuda, también determinará la historia según su desenlace. Si el euro sobrevive, disfrutaremos de una unidad política y fiscal que llegará desde Lisboa hasta y posiblemente hasta Turquía, de una de las economías más ágiles, competitivas, innovadoras y productivas del mundo y de las ventajas que tiene ser un actor a tener en cuenta en el escenario global. También es cierto que tendríamos deuda a pagar para un par de generaciones, una clase política desprestigiada quizá por más tiempo aún y un sistema financiero, el sistema nervioso del capitalismo que reconocemos como la opción menos mala para organizarnos, que habrá demostrado no ser fiable. El panorama es desolador, pero hay otro aún peor.

Si el euro no sobrevive, antes incluso de que se formalice lo que llamaríamos la Desunión Monetaria Europea, las grandes fortunas habrían comenzado una masiva fuga de capitales de España hacia divisas más acogedoras. El Congreso de los Diputados se plantearía una vuelta a la peseta, pero para algunas sensibilidades, y aquí me permitiré una licencia jocosa, el término “peseta” albergaría connotaciones franquistas inadmisibles, por lo que finalmente se votaría como nueva moneda de España, por ejemplo, la “roja”. La supuesta ventaja de la inevitable devaluación de “la roja” no sería tal, puesto que los problemas estructurales de nuestra economía no se habrán solucionado con la muerte del euro. Además, la ingente deuda externa crecería de forma inmediata e inversamente proporcional a la devaluación. La pérdida de calidad crediticia incrementaría aún más el precio del endeudamiento y asistiríamos a un estrangulamiento de las entradas y salidas de dinero de nuestro país, una vuelta a la autarquía.

La devaluación, por cierto, se trasladaría automáticamente a cuentas corrientes, depósitos bancarios, acciones cotizadas y nóminas. Una familia hipotecada que unos meses atrás vio, pasmada, descender el valor del inmueble por debajo del valor de su hipoteca aún no pagada, vería además cómo el valor de sus ingresos menguaba sin remedio. Solo el préstamo sería automáticamente traducido de euros a “rojas” mientras algunos políticos seguirían insistiendo en que todo era culpa de los especuladores internacionales.

En otros momentos decisivos y tan o más graves que este, a lo largo de la historia de Europa, contábamos al menos con líderes de los de verdad. Durante esta crisis, en cambio, estamos huérfanos de liderazgo. Sarkozy, correteando por Fort de Bregancon, parece más concentrado en que Carla practique la respiración pre parto que en el futuro del euro. Berlusconi parece haber hecho una pausa de bunga-bunga para prometer “dos años de austeridad”. A Barroso y a van Rompuy no les hacen caso los jefes de gobierno ni cuando convocan a una reunión en Bruselas. Incluso Merkel, poseedora de la receta del éxito, se empeña en aplicarla con extrema rigidez, sin tener en cuenta que, dentro de esa gran unión continental a la que aspiramos, cada país cuenta con ingredientes diversos que pueden dar lugar a un mosaico de particularidades igualmente exitosas y que aportarán pluralismo y versatilidad al conjunto. Por no hablar de Zapatero, claro. Europa, hay que reconocerlo, está muy mal.

Pero, ya que no contamos con líderes a la altura, sólo nos queda valernos por nosotros mismos como mercado, ese ente abstracto y plural del que todos y cada uno de nosotros formamos parte activa. Nos queda el voto económico. Compremos con cabeza y no nos dejemos vender casas de las del cuento de la lechera. Invirtamos sin histerias y con la vista puesta en el largo plazo. Ahorremos y dediquemos nuestros recursos a fines productivos, esto es, menos cirugía estética y más viajes de estudios. Aprovechemos a favor las nuevas tecnologías y explotemos todo lo que de bueno tiene nuestra cultura mediterránea. La creatividad, la capacidad de improvisación… Ya quisieran los alemanes. Renunciemos a los atajos, a la corrupción y al pelotazo, abandonemos el hábito de vivir a crédito. Vayámonos de vacaciones, pero que no estén por encima de nuestras posibilidades, y volvamos después preparados para trabajar más y mejor que nunca. Muchas actitudes individuales sensatas pueden también determinar resultados colectivos. Fiémonos de nosotros mismos, no nos dejemos vencer por el derrotismo y saquemos el euro adelante.

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2 respuestas a Europa sin euro

  1. joaquin dijo:

    quien tienr que ir a la escuela es zapatero y ponerle en manos de la justicia esuropea

  2. Agustín dijo:

    No entiendo mucho de economía, pero, como no podía ser de otra forma, me preocupa mucho. No hay más que oir la radio, leer el periódico o ver la tele.
    Me gusta este comentario que ha hecho acerca del Euro y estoy de acuerdo con usted.
    Saludos.

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